El otro día alguien subió a Twitter un artículo de un tal Michael Arrington, titulado “Pocas mujeres en Tech? Dejen de culpar a los hombres”. Lo leí con mi mejor voluntad, a pesar de que la imagen que lo acompañaba ya me pareció trillada y aburrida. En pocos segundos, y después de sólo un par de párrafos, surgieron en mi mente muchas palabras que no voy a volcar en la hoja (es una metáfora, ya sé que esto es Internet) porque UPA! es un blog apto para todo público y porque estoy tratando de controlar mi carácter, que a veces es demasiado parecido al de Bergessio.
Básicamente, Arrington dice que en Silicon Valley (la meca de las industrias de alta tecnología) a nadie le importa tu edad, tu género, tu color o tus inclinaciones políticas; lo único que se necesita para tener éxito, asegura, son los méritos propios. Por lo tanto: ¿es culpa de Silicon Valley que haya tan pocas empresarias mujeres en las compañías tecnológicas? ¡Claro que no! El problema no es que se esté oprimiendo a las mujeres. El problema es mucho más simple (para Michael Arrington, obviamente): las mujeres no quieren ser emprendedoras.
¡Esperen, esperen! Todavía no busquen el mail del autor para decirle que se meta el artículo donde no brilla el sol. Tranquilos, queridos lectores de UPA! Esto se pone aún peor. Para cerrar, Arrington pide que la próxima vez que querramos discutir el tema de las pocas mujeres que trabajan en tecnología, no le apuntemos a él (pobre hombre). No nos quejemos: salgamos a crear compañías y él promete cubrir su existencia porque él no es sexista, para nada (pero-todo-es-culpa-de-las-mujeres).
¿Ven un pequeño problema en lo que plantea? Yo también, fiel público. Acá está la verdadera cuestión.
No sé si alguna vez habrán escuchado la expresión en inglés “check your privilege” (chequeá tu privilegio). En pocas palabras, al decir “privilegio” se habla de todas las ventajas que uno posee por pertenecer a un grupo mayoritario: por ejemplo, ser heterosexual en una sociedad homofóbica, o ser cisgénero en un mundo transfóbico. La mayoría de las veces, uno no es consciente de esto. De ahí la frase, o la recomendación, de chequear o revisar tu privilegio antes de hablar.
No sostengo que Michael Arrington sea machista o sexista. Pero creo que antes de escribir se olvidó de que lo estaba haciendo desde su perspectiva privilegiada: la de ser hombre en un mundo machista. Es hombre en un país en el que el salario medio de las mujeres es el 76 por ciento del salario de los hombres. (Ya que estamos, les cuento que según un estudio de la Organización Internacional del Trabajo, Argentina es el país de Sudamérica con mayor brecha salarial por razones de sexo).
El texto de Arrington, además de llenarme de ira, me dio ganas de matarme de risa. ¡Que este hombre viniera a contarnos las cosas como son (cual publicidad de Sprite), a decir que dejáramos de echarle la culpa a los hombres! ¡Que somos libres de todo, de cualquier cosa, que está en nosotras!
Yo no les saco responsabilidad a las mujeres, ni condeno a los hombres. Pero le pregunto a las lectoras: ¿acaso no les regalaban, cuando eran chiquitas, muñecas para vestirlas lindas y casarlas? ¿No teníamos cocinas y lavarropas de juguete?
Está bien Arrington, no culpemos a los hombres. Bueno… No culpemos sólo a los hombres. Acá el problema, el único problema, es la sociedad y las ideas y estereotipos de género que reproduce y perpetúa.
Hace poco vi un chiste, un cómic: en un recuadro había nenes y nenas. Las chicas jugaban con muñecas, mientras los chicos tenían uno de esos juegos de construcción donde podés imaginarte y crear todas las figuras que se te ocurran. En el último cuadro, dos jóvenes se miraban y se preguntaban: ¿Por qué hay tan pocas mujeres ingenieras?
Ni hablar de lo que pasa cuando esas mismas chicas se vuelcan a la tele o los libros. Culos y tetas en Showmatch: somos cuerpo y nada más, “vení que esta es la manera de tener éxito”. Por otro lado tenemos a Bella Swan, el personaje femenino más triste y débil de los últimos años en Crepúsculo, el nuevo “fenómeno” de la literatura juvenil. ¿Qué hace Bella de su vida? Deja de estudiar y de ver a su familia porque está “enamorada”. Se define completamente a partir de su novio. Y lo peor de todo es que eso nos tiene que parecer romántico.
Así que perdón, Michael Arrington. Perdón por reírme tanto de tu artículo. Quizás prefieras seguir pensando que el problema está completa y exclusivamente en las mujeres.
Por lo pronto, mis futuras hijas van a jugar con esto. Espero que las tuyas también.
